VERSIÓN PARA IMPRIMIR
Arqueología del
Beisbol Cubano
Por
FÉLIX JULIO ALFONSO
Para Louis A. Pérez Jr.
No se, si como Vd. dice se jugó
en Cuba el Base Ball en 1866 y 1868. Son esos unos años
demasiado viejos para mí, que en ellos comenzaba a deletrear;
solo recuerdo que en 1878, en un terreno allá por La Chorrera,
los partidarios de mi enseña la roja, celebraban partidos en que
las carreras se hacían a montones, a pesar de hacerse entonces
los outs hasta de fair-bound.
Carta de Aurelio Miranda (Charivari) a Raúl Diez Muro, octubre
10 de 1907.
La arqueología, como se puede leer en
cualquier diccionario especializado sobre el tema “…es el campo
científico o del conocimiento que se ocupa del estudio de las
sociedades y culturas del pasado, a partir de los restos de
cultura material y de los datos hallados en el contexto natural
y sociocultural, mediante la exploración superficial del terreno
y la excavación estratigráfica”.
En otro sentido, el filósofo francés Michel Foucault, a partir
de su segunda obra titulada Las palabras y las cosas. Una
arqueología de las ciencias humanas (1966), estableció el
análisis “arqueológico” de los saberes, con el objetivo de
descubrir aquellas prácticas discursivas que constituyen la
expresión propia de una época y la manera en que el hombre ha
sido explicitado a través del lenguaje de las ciencias humanas.
En el presente texto, nos interesa
conservar el espíritu de ambas tradiciones y establecer una
discusión “arqueológica” acerca de los orígenes del juego de
pelota en Cuba, proceso que, como es conocido, se produce en el
último tercio del siglo XIX. Haremos una búsqueda crítica en los
textos más antiguos donde se tienen referencias sobre la
introducción del béisbol en la Mayor de las Antillas, y en este
sentido se trata de una “excavación” letrada, y al propio tiempo
inquiriremos en aquellas explicaciones contradictorias que han
tratado de fundar un saber o discurso hegemónico sobre las
primeras prácticas beisboleras en la Isla. De algún modo ambas
visiones pueden resultar complementarias, pues en el nivel
actual de mi investigación es evidente el propósito de
“excavar”, tanto en el sentido de obtener un registro confiable,
como en el de hacer explícita la deconstrucción de un conjunto
de estos discursos, a partir de sus debilidades e
incongruencias. Para ello debemos empezar por abordar las
siguientes interrogantes:
1. ¿Quién o quiénes fueron los que
introdujeron el béisbol en Cuba y cuando ocurrió este suceso?
2. ¿Cuándo se efectuó el primer juego
histórico de nuestra pelota? y
3. ¿Cuáles fueron los conjuntos que se
enfrentaron en el desafío más antiguo conocido y cuál fue el
carácter de este partido?
A quienes piensen que tales enigmas son
relativamente fáciles de responder, les diremos que para la
primera pregunta existen varias respuestas disponibles, tanto en
la tradición oral como en los registros bibliográficos: un joven
habanero que estudió en Norteamérica llamado Nemesio Guilló,
jóvenes de Remedios
y Sagua la Grande,
y los tripulantes de un barco estadounidense anclado en el
puerto de Matanzas.
En lo relativo a la fecha en que esto
ocurrió, se manejan indistintamente los siguientes períodos de
la década de 1860: en 1864,
en 1865
y en 1866.
Para la segunda incógnita tenemos los años de 1868, 1873
y1874;
mientras que para la tercera interrogante se ha dicho que tuvo
lugar entre habaneros y marinos norteamericanos, entre jóvenes
matanceros y marineros de idéntico origen, entre trabajadores
del puerto de la Atenas de Cuba y tripulantes de un buque
norteño,
y finalmente entre habaneros y matanceros, añadiéndose además
por algunos cronistas que dicho partido inaugural tuvo un
carácter “formal”
u “oficial”.
Quizás el único punto en que coinciden
todas las interpretaciones es en adjudicar al terreno matancero
del Palmar de (o del) Junco
como el lugar donde primero se jugó béisbol en Cuba, pero
aun este dato de aparente solidez carece de una total
demostración. Dentro de esta maraña de confusiones y medias
verdades, ya va siendo hora de hallar o al menos proponer una
solución a tales enigmas, adecuada a la verdad histórica y con
un mínimo de verosimilitud y seriedad. Quiero decir con esto que
es imposible sostener ya, como se puede leer en uno de los
sitios Web
dedicados al béisbol cubano, que se suspendió el béisbol en Cuba
por las autoridades coloniales en 1869, y que dicha prohibición
duró hasta 1878, y apenas un par de párrafos más adelante
olvidarse de esta aseveración y admitir que hubo un juego en
1874; o decir que los habaneros jugaron en Matanzas contra los
tripulantes de un barco norteamericano y a renglón seguido
admitir que fue el Palmar del Junco en 1874 el escenario del
primer partido de béisbol cubano. Por el momento, y a riesgo de
no poder responder con absoluta certeza a estas preguntas,
expondré al lector mis propias dudas e incertidumbres sobre cada
una de las versiones antes mencionadas, pues para hacerlo solo
contamos con fragmentos, indicios, sospechas, conjeturas…
Empecemos por una tradición muy extendida y
repetida sin la menor cautela por generaciones de cronistas
deportivos y la mayoría de los historiadores del béisbol. Este
relato quiere que el primer juego de pelota fue el celebrado en
el Palmar de Junco la tarde del domingo 27 de diciembre de 1874
entre un equipo llamado Habana y otro denominado
Matanzas. Todavía se suele ver en numerosos órganos de
prensa la conmemoración de la fecha como parte de los rituales
de homenaje al nacimiento del “deporte nacional”.
Sin embargo ¿por qué ha sido este momento y no otro el
seleccionado para celebrar el advenimiento de nuestro béisbol?,
¿Dónde aparece este suceso por primera vez?, ¿Quién lo menciona
con intención de otorgarle la primogenitura? Todo apunta que
quién primero puso a circular este día, concediéndole algún
grado de importancia, fue Wenceslao Gálvez y del Monte en la
primera historia del béisbol cubano, publicada en La Habana en
1889.
En esta curiosa y apresurada historia, su
autor prescinde de cualquier explicación sobre cuando, como y
donde se jugó béisbol por primera vez en la Isla. Es más, se
diría que este es un dato superfluo, innecesario, como si el
béisbol fuera algo natural, que siempre estuvo ahí, latente en
el espíritu de los cubanos. De hecho, los tres primeros
capítulos se dedican a oponer el béisbol como práctica higiénica
y saludable frente a las corridas de toros, las peleas de gallos
y los ejercicios con pesos, otorgándole un papel “regenerador” y
“moral” sobre la juventud que se iniciaba en su conocimiento.
Era un pasatiempo moderno y democrático, enfrentado a las
diversiones bárbaras de los españoles. Solo le incomoda un poco
a Gálvez la pasión excesiva de algunos fanáticos del nuevo
sport, pero confía en su desaparición gracias a los efectos
“civilizatorios” del propio béisbol. A continuación pasa a
narrar sus recuerdos de infancia, cuando solía jugar en varios
terrenos de extramuros, época en que “el juego fue siendo
comprendido por el pueblo, (y) los niños abandonaron las bolas
de cristal, papalotes y trompos, entregándose a los placeres del
base ball, invadiendo los terrenos conocidos por
Canteras de Medina, Placer de Peñalver,
Melitón e infinidad de lugares donde las casas no se agrupan
como en el campo de Marte…”.
Teniendo en cuenta que Gálvez nació en
1867, y que sus primeros batazos los dio siendo niño ―en la
primera mitad de la década de 1870―hay razones para pensar que
si ya entonces el juego era tan popular entre los infantes, al
punto incluso de ser perseguido por maestros y algunos celadores
del orden público, debían existir jugadores adultos a quienes
imitar y equipos en los que aspirar a competir más adelante. Lo
más que podemos concluir del testimonio de Gálvez es eso: que
existía ya desde inicios de la década de 1870 un “ambiente”
beisbolero en la capital y también en Matanzas (un equipo
infantil habanero se llamaba Matanzas, donde se inició
como pitcher un hermano del famoso Carlos Maciá)
y esta atmósfera debía tener un fermento anterior, por lo menos
desde la segunda mitad del decenio de 1860.
Pero volvamos a la fecha del 27 de
diciembre de 1874. La entrada de este dato en la narración de
Gálvez se debe a su interés en graficar con un ejemplo el
capítulo dedicado a la “Prensa de Sport”, y dentro de ésta al
género, muy moderno para la época, de “las crónicas de sport”.
Es decir, no hay ninguna pretensión historicista en este suceso,
sino el de confirmar la importancia de dichas crónicas para el
periodismo deportivo de aquel momento. Dice Gálvez: “tengo
presente, y esto corrobora lo que llevo dicho, El Artista,
un periódico satírico-teatral que se publicó en La Habana en el
72. El número que ahora consulto está fechado en 31 de diciembre
de 1874 y se ocupa del primer desafío de pelota celebrado en el
“Palmar del Junco” (sic) en Matanzas entre el club del nombre de
aquella ciudad y el Habana”.
Y a continuación transcribe la famosa crónica que tantos han
copiado con posterioridad, muchas veces sin revelar la fuente,
con el siguiente título: “Resultado de un desafío. Victoria del
Habana B.B.C. Pormenores ofrecidos”. Lo firma “Henry”, que era
el seudónimo que usaba Enrique Fontanills, un cronista deportivo
y social “muy comedido y sintético, que piensa mucho lo que
escribe”,
según el juicio del propio Gálvez.
Ahora bien, ¿Qué tenemos de singular en
este texto de Fontanills, más allá de la declaración de quien lo
cita, de que se trata del primer juego celebrado en el terreno
del barrio de Pueblo Nuevo, conocido por “Palmar del Junco”?
Pues a nuestro juicio lo más relevante no radica en algunos
pequeños cambios ortográficos― “Henry” escribe, a diferencia de
Gálvez, “Palmar de Junco” sin el aristocratizante “del” e
indistintamente escribe “Habana” y “Havana”―, ni en la
reproducción de los box scores de ambos equipos―el
Habana le dio una paliza al Matanzas de 51 corridas a
nueve― sino en que añade una información de enorme valor: “Es
probable que dentro de dos meses se verifique en el Vedado,
donde el Habana Club (sic) tiene su play ground,
otro desafío entre los mismos Clubs”.
Es decir, solo podemos inferir que este
desafío entre amabas novenas fue el primero jugado (por ellas)
en aquel terreno, pero no tenemos porqué dudar de que antes se
hubiera hecho en otras glorietas, como la del club habanista,
donde volverían a enfrentarse dentro de dos meses, en febrero de
1875, y quizás ya lo hubieran hecho antes, como demuestra la
asiduidad y popularidad de estos duelos. Es todo lo que podemos
conjeturar, y nada faculta a pensar que haya sido este el
primero de todos los juegos de pelota celebrados en la Isla. Ni
siquiera que fuera el primero en contar con una crónica de lo
sucedido. Es tan solo la crónica más antigua que se conserva. Y
aquel partido fue uno más, entre los que seguramente se
disputaron antes y después, con la suerte de que el periódico
que lo reseñó fue usado como ejemplo en la primera historia del
béisbol, donde no se cita ninguna otra descripción similar, por
la que esta adquiere un relieve inusual dentro de la narración.
Se torna hegemónica, sobre todo cuando esta tradición comienza a
ser citada una y otra vez como fuente de autoridad por
publicistas sin el menos asomo de crítica interna de los textos
que copian.
Y digo esto de la crítica interna no por
presunción metodológica, sino porque el texto de Gálvez es
contradictorio en muchas de sus afirmaciones y está plagado de
inexactitudes y afirmaciones vagas. Apenas unas páginas más
adelante introduce una nueva información relacionada con los
enfrentamientos entre equipos de la capital y de la “Atenas de
Cuba”. En el capítulo titulado “Matanzas” asevera:
No puede
hablarse de base-ball en Matanzas sin recordar a los
Sres. Tolón, Hernández, Amieva, Delgado, que habiendo recibido
educación en los Estados Unidos constituyeron la primera novena
de Base ball en la ciudad de las cuevas de Bellamar y
alumbrado público de petróleo.
Ellos mismos
formaron su directiva y se organizaron, costeándose sus
uniformes y habilitando para sus prácticas el Palmar de Junco,
desprovisto de palmas.
Pero no tenían
con quien combatir y se dirigieron al Sr. Ernesto Guillot, que
en 1878 era secretario del Habana.
Un domingo [primero de abril] llegaron á
esta capital y celebraron su primer encuentro con el Habana,
a quien venció. Este desafío se efectuó de milagro, porque los
habanistas no habían terminado las obras en sus terrenos”.
De esta nueva información resulta lo
siguiente. Entre los nombrados como introductores del béisbol en
Matanzas (Tolón, Hernández, Amieva y Delgado), solo uno, el de
apellido Delgado, estuvo presente en el juego del 27 de
diciembre de 1874. Además, fueron tres los hermanos Amieva que
jugaron pelota, ¿a cual de ellos se refiere? Por otro lado se
afirma que habilitaron el Palmar de Junco y al no tener
contrincantes recurrieron a Ernesto Guilló, en el momento en que
este era secretario del club Habana, o sea, en 1878, y que un
domingo primero de abril de aquel año celebraron un “primer
encuentro” con saldo victorioso para los matanceros. ¿Quiere
esto decir que fue solo en 1878 que se vieron las caras por
primera vez matancistas y habaneros? A la luz de lo que ya
sabemos esta información es insostenible, como también lo es que
no tuvieran con quien jugar, pues en unos párrafos a
continuación sostiene, refiriéndose ahora al club Cárdenas:
Afirman los
naturales de Cárdenas que en aquella localidad se organizó un
club de Base-Ball antes de que se formaran los de Habana
y Matanzas. Las personas á quienes he pedido datos para
escribir esta obra, me aseguran, unas, que el primer ten se
constituyó en Matanzas, otras, que en La Habana, y algunas, como
he dicho en los primeros renglones de este capítulo, en
Cárdenas.
Quizás sea muy
importante dejar consignada aquí la verdad, pero creo que se
constituyeron casi en la misma época en las tres ciudades, y de
ésta manera dejo contentos a todos y a ninguno.
Antes había dicho “hoy tengo por seguro que
al “Habana” le corresponde el primer puesto cronológico”,
pero parece que contradecirse forma parte del “estilo”de
Gálvez. Dejemos a un lado la trivial disputa regionalista sobre
quién fue primero, y atengámonos a que fueron equipos
contemporáneos, sin que sepamos bien cuando empezó cada uno de
ellos, pero lo cierto es que Cárdenas está demasiado cerca de
Matanzas como para que no se hubieran enfrentado alguna vez, aun
más si como reconoce el propio autor , era notoria la rivalidad
entre ambas ciudades, al extremo de afirmar que Cárdenas “No se
ha presentado en champion con la intención de obtener el
título y el obsequio de anexo, sino con la de aventajar a los
clubs matanceros”.
Ahora, antes de abandonar al impreciso
Gálvez y analizar otra de las explicaciones más extendidas sobre
donde se jugó pelota por primera vez, la que sostiene que fue en
Matanzas a mediados de 1860, digamos algo más sobre el juego del
27 de diciembre de 1874. Wenceslao indica que tomó la crónica de
El Artista con fecha 31 de diciembre, pero no dice ―o
ignora―que una descripción muy similar ya había sido publicada,
como era natural por su cercanía al lugar de los hechos, por el
periódico matancero Aurora del Yumurí con fecha 28 de
diciembre de 1874.
Esta crónica de Matanzas difiere en algunos
aspectos de la publicada en La Habana, incluyendo que no coloca
los nombres, sino solo lo apellidos de los jugadores,
tanto habanistas como matanceros, y contiene una introducción de
tres párrafos que suprimió la versión de El Artista―pues
se trata de una cita preliminar de él mismo―y otra posterior
publicada en El Sport en febrero 10 de 1887. El
texto de Aurora del Yumurí se titula simplemente “Juego
de Pelota”, lo que sugiere que era algo común en la época y
reza:
Ayer tuvo efecto
en esta ciudad, punto conocido por Palmar de Junco, un desafío
de pelota entre el Matanzas Base Ball Club y el Havana Base Ball
Club.
La primera
noticia que de ellos tuvimos fue la llegada a esta ciudad de los
individuos del Club habanero y el siguiente suelto del periódico
EL
ARTISTA
que se publica en La Habana y que uno de dichos señores nos
proporcionó:
Desafío
El club formado
en esta ciudad y que sostienen varios jóvenes entusiastas,
titulado Havana Base Ball Club ha recibido un cartel de desafío
del que existe hace varios años en Matanzas. Se trata de probar
en competencia la destreza, la fuerza muscular y la lijereza de
piernas de unos y otros. El premio no es una timbale d` argent,
porque no se trata de un concurso de voces, el club vencedor
recibe un bat, especie de paleta-bastón que sirve para la pelota
y que se conserva en los clubs con orgullo.
El Havana Base
Ball Club se ha apresurado a recoger el guante, y al efecto, ha
designado como lugar de la contienda, una hermosa sabana, de la
margen derecha del río San Juan, donde debe verificarse el
domingo próximo el desafío entre ambos clubs.
Si ya sabíamos que existía mucho antes de
1874 un club habanero, ahora este “suelto” nos confirma que
también “desde hace varios años” (¿Cuántos: cinco, seis, siete?)
existía uno similar en Matanzas. Ahora bien ¿fue en Matanzas, en
algún momento de la década de 1860, donde se jugó béisbol por
primera vez? De nuevo vuelven las incertidumbres, las frases
vagas y las leyendas locales. Solo que en este caso la fuente es
mucho más reciente: estamos hablando del folleto publicado por
José M. Cuétara Vila titulado Matanzas. Notas históricas y el
deporte de la pelota. Este autor supone que, a partir del
incremento de las relaciones económicas, comerciales y
culturales entre Los Estados Unidos y Matanzas en la segunda
mitad del siglo XIX, fue por dicha ciudad donde se produjo la
entrada del béisbol a Cuba. Según Cuétara:
Estos datos permiten suponer lógicamente
las vías a través de las cuales penetró en Matanzas el juego de
pelota. Aunque hasta ahora no ha sido posible determinar con
precisión la fecha inicial de sus prácticas en nuestra ciudad,
si podemos afirmar que es muy antigua. En un documento existente
en el Fondo de Deportes del Archivo Histórico Provincial de
Matanzas, fechado en 1847, se ordenaba la prohibición del juego
de pelota en las calles y demás puntos de tránsito público, bajo
pretexto de perderla, ya que el mismo practicado
indiscriminadamente por adultos, provocaba daños en las farolas
del alumbrado público. También se obligaba a los culpables a
pagar el monto de las averías causadas. Dicha orden estaba
firmada por el Brigadier Gobernador Político de Matanzas, lo
cual da una idea de la importancia y auge que ya entonces había
tomado este juego.
Varios aspectos llaman la atención en el
fragmento anterior. En principio, intercambios comerciales y
culturales activos con puertos estadounidenses tuvieron diversas
ciudades cubanas durante el siglo XIX, incluyendo a La Habana,
por supuesto, sin que por ello se pueda afirmar categóricamente
que fue esa la causa de la introducción del béisbol. Por otro
lado se reconoce que “hasta ahora no ha sido posible determinar
con precisión la fecha inicial de sus prácticas en nuestra
ciudad”, y sin embargo, añade “podemos afirmar que es muy
antigua”. ¿Cuán antigua? El dato de 1847 es a todas luces un
candoroso anacronismo, pues la “pelota” a que se alude, sin
citar el documento con rigor científico, para nada prueba que se
tratara del béisbol, que empezaba a desarrollarse entonces en su
lugar de origen.
Pero el texto de Cuétara depara otras
afirmaciones desconcertantes. Sorpresivamente, y sin ofrecer
mayores explicaciones, señala que: “Alrededor del año 1865 se
efectuó en este terreno [el del Palmar de Junco] uno de los
primeros juegos de pelota de que se tienen referencias, entre un
equipo de jóvenes matanceros y otro formado por tripulantes de
un barco norteamericano anclado en la bahía yumurina”Nótese
que la afirmación dice “uno de los primeros juegos de pelota de
que se tienen referencias…”no el primer juego, lo que implica
que pudieron celebraron otros antes. ¿Por qué insistir entonces
en que fue este un juego anterior a todos los demás? Otras
incógnitas tienen que ver con la identidad de los jugadores,
pues nadie los menciona por su nombre, aunque debieron ser muy
conocidos en la villa, como tampoco se dice nada del nombre del
barco surto en la rada. Cuétara dice simplemente “jóvenes
matanceros”, lo que sugiere que se trataba de muchachos blancos
de familias acomodadas, quienes al igual que en La Habana
disponían del tiempo libre y el capital cultural
necesario―recuérdese que algunos de ellos habían estudiado en
los Estados Unidos― para haber aprendido el joven deporte. Si
esto es así, nada tenían que ver con los trabajadores portuarios
que, según otra versión, dice que aprendieron el juego mientras
cargaban de azúcar un buque norteño.
Es verdaderamente difícil imaginarse a negros esclavos o
libertos practicando pelota mientras descansaban de cargar sacos
de azúcar, y mucho más imaginar a la tripulación del barco
enseñándoles los principios de la pelota y luego compartiendo
con ellos.
A continuación este autor apoya su tesis
sobre la antigüedad de las prácticas beisboleras en Matanzas,
apuntando como las gacetillas que solían aparecer en el
periódico matancero Aurora del Yumurí “entre 1850 y 1870”
se hacían eco de los partidos celebrados en el Palmar de Junco
“refiriéndose al bullicio y vocerío que se originaba por la
exaltación de los aficionados allí congregados, provocando
alteraciones del orden público que obligaron aquejarse a los
vecinos de las inmediaciones”.
No me detengo en esta recurrente
indeterminación de fechas (1850 a 1870 es un periodo demasiado
largo), para comentar el dato quizás más importante del folleto
de Cuétara, que sin embargo ha pasado desapercibido para la gran
mayoría de los historiadores del béisbol cubano. La afirmación
en cuestión aporta una supuesta evidencia de un juego entre
matanceros y habaneros, anterior a la del 27 de diciembre de
1874:
La referencia
más antigua encontrada hasta el presente de un juego entre un
equipo matancero contra uno de la capital, se remonta al 5 de
mayo de 1873, y pertenece al Fondo de Deportes del Archivo
Histórico de Matanzas. Dicho documento, firmado por Enrique
Meléndez Mouns, el cual durante cerca de un cuarto de siglo
estuvo íntimamente vinculado a la práctica de este deporte,
siendo uno de los pioneros del mismo en Matanzas, expresa en una
de sus partes:«Y comoquiera que estos clubes se hallan
legalmente constituidos, y para efectuar su espectáculo paga a
este gobierno la contribución estipulada en la tarifa patente
celebrándolos con permiso de la autoridad, ocurre a Ud., con el
fin de que se sirva impedir los días que este club tenga
espectáculos , se llevaren a efecto otros de la misma índole en
los solares cercanos a este barrio, por ser perjudiciales a los
intereses de este club».
Enrique Meléndez Mouns fue un destacado
promotor del béisbol e incluso dirigió a dúo con Luis Almoina el
club Matanzas que ganó el campeonato de 1892-93, por lo que su
testimonio merece lo tomemos en consideración. Personalmente,
todavía no hemos visitado el archivo matancero para indagar por
este documento, pero nos llama la atención que el texto de
Cuétara se editó en 1973, un año antes de la conmemoración del
centenario del juego de diciembre de 1874, y sin embargo sus
afirmaciones no encontraron eco ni polémica en la prensa
deportiva, como era de esperar, y la fecha tradicional siguió
conservando su primogenitura, a despecho de lo señalado por el
activista matancero.
Por último, queremos citar un argumento
bastante conocido, aunque relativamente olvidado por algunos
historiadores del béisbol cubano. Nos referimos a la entrevista
concedida en 1924 por Nemesio Guilló a Guillermo Pi, redactor
del Diario de La Marina. Nemesio Guilló es una figura
célebre de la pelota cubana, beisbolista primero
, miembro de la Directiva del club Habana al igual que su
hermano Ernesto (en 1887 era su secretario),
luego trabajó como tenedor de libros y fue exaltado al salón de
la fama del béisbol criollo en 1948. La narración de Guilló tuvo
su origen en una discusión sobre los orígenes de la pelota
cubana, promovida por la sección “Recordando el pasado” de las
páginas deportivas del referido diario, y su “traducción”
periodística expresaba lo siguiente:
En los comienzos
del año 1858 tres niños cubanos abandonaban los patrios lares y
en frágil embarcación de vela ―las movidas a vapor eran entonces
muy raras―se dirigían aun puerto al sur de los Estados Unidos
situado sobre el Golfo de México, a Mobila, estado de Alabama.
Esos niños, cuyas edades fluctuaban entre 11 y 15 años iban a
internarse en un gran plantel educacional, en el Springhill
College, a un tiro de ballesta de Mobila, mandados por sus
padres, personas de solvencia económica en la ciudad de La
Habana. Esos muchachos eran los hermanos Ernesto y Nemesio
Guilló y el hoy Secretario de Sanidad Dr. Enrique Porto. Del
viaje y estancia de esos niños en el colegio de Mobila había de
resultar a los pocos anos uno de los mayores acontecimientos, o
el mayor acontecimiento histórico que registra en Cuba el sport.
En 1864, siete
años después, una espléndida nave mercante devolvería a Cuba sus
tres chiquillos, ya convertidos en apuestos mocetones; pisando
fuerte, con el cuello recio, amplio el pecho, atlético el
continente y dispuestos a sostener en cualquier forma el derecho
del hombre, tan desconocido en la colonia de aquellos días. Uno
de los tres mozalbetes traía en su baúl de colegial un bate y
una pelota, objetos completamente desconocidos en Cuba y poco
conocidos en los propios Estados Unidos, donde el balltown, que
después había de llamarse béisbol, estaba en sus rudimentos. El
que traía los preciosos adminículos era Nemesio, el de menos
edad de los dos hermanos Guilló. Al siguiente día de haber
pasado por La Machina el bate y la pelota, ya estaban los tres
muchachos jugando en el Vedado frente a los baños de mar del Dr.
Luis Miguel. Lo único que hacían era fonguear; tres pelotas
cogidas de aire o al primer bote eran tres outs y daba derecho a
su vez para hacer uso de el (sic) bate.
Si damos crédito a esta parte del relato―y
hasta el momento nada parece desautorizarlo, con la excepción de
los testimonios de juegos con pelotas en ese propio año 1864 en
Remedios y Sagua la Grande― tenemos un primer elemento de
juicio: nadie antes de los hermanos Guilló había traído
auténticos implementos de béisbol a la Isla, por lo que es
imposible hablar de dicho juego antes de 1864. Por otro lado,
estos dos hermanos y su amigo Porto, por razones obvias, no
podían conformar un equipo y al no tener rivales, se dedicaron a
fonguear pelotas entre ellos hasta que se le unieron nuevos
aprendices del juego. Dentro de esta lógica, prosigue el
testimonio de Guilló:
En ese lugar
frente a los baños en el Vedado, y en otros espacios apropiados
de la misma barriada, por donde se encuentra la iglesia del
Carmelo y lo que después se llamó terreno del club Habana,
comenzaron a formarse grupos de muchachos que jugaban a la
pelota en la forma ya descrita, por cierto que costaba enorme
trabajo proporcionarse pelotas y bates, las que eran de dos
colores, blanco y rojo, pero del mismo peso y material hoy en
uso. El uniforme de los jugadores consistía de camisa blanca,
pantalón de dril blanco, largo, botines negros, una corbata que
era azul o roja, de acuerdo con el color del club, y en lugar de
gorra sombrero de pajilla. Con esa indumentaria se pasaron
fongueando cuatro años hasta que de los Estados Unidos vino la
nueva forma y métodos de juego integrado por diez jugadores, los
nueve de la manera que ahora se hallan distribuidos más el right
short, un jugador que se situaba entre primera y segunda.
Aquí tenemos varias cosas interesante: a)
el lugar donde se efectuaban las prácticas; b) que hay grupos de
jóvenes que solían hacer demostraciones; c) lo difícil que
resultaba encontrar los implementos de juego, lo que reafirma el
carácter primitivo de estos encuentros y d) la descripción de
las vestimentas de los jugadores. También es relevante el dato
de que se mantuvieron durante cuatro años practicando el town
ball o fongueo, hasta que alguien (¿quién?) trajo desde los
Estados Unidos el esquema de juego con diez jugadores (el número
de jugadores en el campo podía oscilar entre nueve y diez, y
todo parece indicar que no había todavía en estos primeros años
una reglamentación estricta al respecto). Siguiendo la
cronología propuesta por Guilló, esto debió suceder hacia 1868,
y en esa propia fecha quedó organizado el primer equipo con una
decena de integrantes, al que se bautizó como Habana.
Otra versión nos dice que el Habana fue una sociedad
integrada por dos teams de diez jugadores cada uno, los
cuales, según narra Enrique Morejón, ex director de El
Pitcher “practicaron e hicieron viable, por medio de matches
periódicamente celebrados, la adaptación entre nosotros del Base
ball o juego de pelota americana”.
Nótese que dice “matches periódicamente celebrados”, lo que da
una idea de asiduidad y continuidad en las prácticas. Volviendo
a la evocación de Nemesio: “fueron veinticinco cubanos
entusiastas, todos ellos muchachos que regresaban de los
colegios americanos, los que fundaron el glorioso team rojo (…)
entre ellos que recuerda Nemesio Guilló, que es quien me
facilita estos datos (…) se encontraban Leopoldo de Sola,
Ernesto Guilló, Alfredo Maruri, Enrique Canal, Emilio Sabourín,
Ricardo Mora, Esteban Bellán, Francisco Saavedra, Rafael
Saavedra, Roberto Lawton, Octavio Hernández, Manuel Lorenzo
Bridat, Lavotal, Bulnes, Nemesio Guilló”.
Son en total quince los nombres mencionados
por el testimoniante, de los 25 que según él fundaron el club
Habana, pero hay que tener en cuenta que Guilló habla de sucesos
ocurridos 56 años atrás, y que su edad en el momento de la
entrevista rebasaba las siete décadas (tenía exactamente 76
años), es decir, era una persona longeva para la época, que
podía cometer errores u olvidos comprensibles en su narración.
De hecho, además de Nemesio solo sobrevivían en el momento de la
entrevista otros tres fundadores: Lorenzo Bridat, de 84 años,
Octavio Hernández, de 80 y el que fuera benjamín del grupo,
Manuel Landa, con 64. Un periodista inteligente hubiera cuando
menos obtenido otras entrevistas y cruzado el resultado de sus
búsquedas. Guillermo Pi no lo hizo. Sin embargo, todavía hay
otros detalles del mayor interés en esta tradición, y es que
Nemesio Guilló ofrece una versión diferente a las que hemos
citado hasta el momento, sobre el polémico asunto de quienes y
donde jugaron béisbol por primera vez en la Isla:
Una vez ya
organizado el Habana con sus diez jugadores y usando pantalones
largos y sombreros de pajilla diose el primer combate, y fue
nada menos que contra americanos que no había importado
seguramente Abel Linares ni ningún otro promotor del baseball
profesional. Los yanquis que combatieron por primera vez en Cuba
en un team de base ball fueron marineros de una goleta surta en
la bahía de Matanzas, que enterados de que los claveles rojos
estaban hombreándose en la Capital y buscando contrarios, les
mandaron a decir que fueran a batirse a Matanzas, cosa que
aceptaron los criollos y allá fueron a Palmar de Junco, parque
de base ball el más viejo de toda la República, el que vió el
primer juego de pelota. Los cubanos del Habana dieron una
soberana paliza a los marineros americanos y regresaron a la
capital orgullosos de su hazaña, cundiendo con ello el
entusiasmo para mayores empresas beisboleras.
Un par de detalles más antes de
analizar este párrafo, en que parece haberse cerrado el círculo
de todas las versiones, con el regreso a Matanzas y al mítico
Palmar de Junco. Según Nemesio Guilló, el umpire de aquel
juego entre cubanos y estadounidenses fue el habanista Leopoldo
de Sola y un poco después, en 1869: “fue suprimido el baseball
por decreto del gobernador y capitán general de la Isla, por
estimarlo un juego antiespañol, insurrecto, que como asunto
tendencioso yanqui venía a sembrar el desamor a España. Estuvo
oscurecido el sport que desde que se importó fue nuestro sport
nacional, hasta el año 1878, en que se reorganizaron el Habana y
el Almendares y en Marianao surgieron los clubes Marianao y
Progreso”.
Aunque es un hecho comprobado,
tanto en la literatura como en la prensa periódica, la
suspicacia de las autoridades coloniales con relación al
béisbol, por su procedencia y características peculiares,
hasta el presente no hemos hallado pruebas documentales de la
suspensión o persecución del béisbol de manera oficial,
pero no es del todo improbable esta suposición, tratándose de
los primeros momentos de la Guerra Grande y que se vivía un
ambiente de histeria anticubana, sobre todo en la ciudad de La
Habana. Sin embargo, dicha supresión, si existió en algún
momento no fue muy prolongada, de lo que da fe el propio juego
de 1874.
Pero atengámonos ahora al dato del juego
entre cubanos y estadounidenses. Por la información que aporta
Guilló, todo hace suponer que se realizó en 1868, tres o dos
años después de las fechas que se mencionan para un juego
similar, como ya hemos visto, solo que en vez de ser habaneros
los protagonistas, aquellos eran matanceros, jóvenes de familias
acomodas o trabajadores del puerto, según la versión que
prefiramos. De estos partidos de 1865 o 1866 no sabemos el
resultado, sin embargo, del narrado por Guilló este dice que se
trató de una “paliza”, similar a la conseguida por el club
Habana sobre los matanceros en 1874. Ante semejantes
afirmaciones, siento la tentación de interrogarme ¿no habrá
confundido el senil Guilló dos historias diferentes mezclándolas
en un nuevo relato, quizás con el propósito de arrebatar a los
matanceros su pregonada prioridad en este sentido? Y si en
realidad se efectuó este desafío ¿eran tan buenos jugadores los
cubanos para lograr un resultado de esta índole? ¿no se trataría
de una exageración de Nemesio cargada de nacionalismo, en la que
al tiempo que glorifica a su club deja establecida la primera
derrota de un equipo norteño frente a uno cubano, lo que como es
sabido es uno de los ingredientes más caros al imaginario
nacionalista?
Por otro lado, se mantiene
constante el lugar, el Palmar de Junco, del que se afirma que es
“el más viejo de la República (es decir de Cuba, aunque entonces
fuera colonia) el que vió el primer juego de pelota”. Hay aquí
algo que no concuerda, ¿podían contar los matanceros con un
parque de béisbol, con las medidas oficiales y todas las
condiciones para un desafío, y no tener un equipo de pelota? Si
había tal equipo, ¿por qué fueron a retar a un club habanero los
marineros estadounidenses? Por otro lado, para tener un conjunto
y una glorieta como la del barrio de Pueblo Nuevo, los
matanceros debían conocer los rudimentos del béisbol desde
antes, como dice el suelto que cita Meléndez Mouns, y entonces
este desarrollo habría sido simultáneo al de los muchachos
habaneros, sea ball town o cualquier otra modalidad la
practicada. Lo que a su vez implica que tenían implementos con
que jugar, es decir bates y pelotas, que ya sabemos eran
difíciles de conseguir en la capital, pero que alguien pudo
traer desde el norte y entrar por el puerto de Matanzas. De
hecho, se sabe que uno de los grandes peloteros matanceros de la
época, Francisco Martin y del Sol,
estuvo casi una década, entre 1870 y 1879, jugando en equipos
colegiales estadounidenses (Alexander BBC, Québec BBC, etc.) y
no es imposible que en sus viajes de vacaciones a su ciudad
natal haya traído implementos y enseñado a jugar béisbol a sus
coterráneos. Finalmente, debemos recordar que cuatro de los
apellidos de los jugadores del club Matanzas que cayeron ante el
Habana en 1874 eran explícitamente anglosajones: Rylend,
Washington, Frank y Paine, por lo que también pudieron ser ellos
pioneros de nuestro béisbol
Llegados a este punto, una vez más la
verdad histórica se nos escapa de las manos, y es imposible
responder de una manera categórica. Nuevas dudas, renovadas
sospechas se unen a las ya existentes, agazapadas en textos
fragmentarios, recuerdos brumosos, afirmaciones contradictorias.
Al final, saber quién introdujo las prácticas beisboleras,
dónde, cuándo y quiénes realmente jugaron béisbol por primera
vez en Cuba, quizás no pase de ser una curiosidad erudita o una
obsesión personal sin mayor utilidad práctica. Definitivamente
siguen circulando todo tipo de argumentos, sin la imprescindible
demostración factual o documental, y muchos ingenuos e incautos
caen en la trampa de dar por resuelto el enigma del elusivo
origen. Mientras tanto, el Palmar de Junco languidece, a pesar
de las invocaciones y los homenajes, como amarga ironía del
destino, que no suele creer en invenciones ni en alegorías.
La Habana, enero/febrero/marzo de 2005
NOTAS
“Las primeras
noticias del béisbol se tienen en Cuba allá por el año
1866”. Eladio Secades: “Primeras noticias del Base
Ball”, Diario de la Marina. Edición Siglo y Cuarto,
La Habana, 1957, p. 202. Francisco Mota: “Aquí… y por
primera vez. El Base Ball se empezó a jugar en nuestro
país el año 1866”, Bohemia, La Habana, 29 de
abril de 1966, pp. 106 -107.
Sobre el cambio de partícula en el nombre de este lugar,
que no es un mero cambio ortográfico, ha señalado el
crítico Roberto González Echevarria: “El terreno se
llamaba Palmar de Junco, es decir, que el terreno
pertenecía a un tal Junco (…) Pero como “del Junco”es
más evocativo, el famoso terreno se ha conocido siempre
por “Palmar del Junco”. Dado que en la emblemática
nacional la palma real es un elemento fundamental, es
fácil ver porqué el nombre del terreno está lleno de
resonancias patrióticas”. Roberto González Echevarria:
“Literatura, baile y béisbol en el (último) fin de siglo
cubano”, Encuentro de la cultura cubana, Madrid,
8/9, primavera/verano de 1998, p.30.
Hay diferencias en cuanto a los apellidos de los
jugadores en ambos textos. En el artículo original el 7º
y 8º bateadores de Matanzas se apellidan “Rylen” y
“Arnao”, mientras que en la crónica de El Artista
se nombran “Rylend” y “Armas”. En cuanto al Club Habana,
el original llama al 2º y 8º bateadores “Senarens” y
“Saburens”, y su copia los nombra “Senaren” y
“Sabourín”.
José M. Cuétara
Vila: Matanzas. Notas históricas y el deporte de la
pelota. Matanzas, Comisión Provincial de Activistas
de Historia, 1973, p. 18.
Versión que recoge
Raúl Diez Muro en su El Base Ball en La Habana,
Matanzas y Cárdenas. Resumen de los campeonatos
celebrados por nuestros clubs de profesionales, desde
1878 hasta 1907. Prólogo de Rafael Conte. Habana,
Imprenta La Prueba, 1907. (2da edición: 1908, 3era
edición notablemente ampliada: Historia del Base Ball
Profesional en Cuba. Libro Oficial de La Liga de Base
Ball Profesional Cubana. La Habana, 1949. Citado
por Jorge Alfonso, op. cit, p. 53.

Agradezco a Félix Julio Alfonso su gentil
autorización para publicar en nuestro sitio este ensayo que es
parte de su libro
La Esfera y el Tiempo
donde reúne una colección de 17 ensayos de su autoría sobre
distintos aspectos históricos y culturales del beisbol cubano.
Esta obra fue publicado en 2007 bajo el sello de Editorial
Unicornio en La Habana, Cuba.
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Félix Julio Alfonso López nació en Santa Clara, Cuba, en
1972.
Es Licenciado en Historia y
Master en Estudios Interdisciplinarios sobre América Latina,
el Caribe y Cuba. Investigador, ensayista y profesor
universitario.
Fruto de sus investigaciones sobre historia de Cuba e
historia cultural del béisbol ha publicado: Béisbol y
estilo. Las narrativas del béisbol en la cultura cubana
(2004), La letra en el diamante (2005), Siete
ensayos sobre historia y cultura en Cuba (2005) y La
esfera y el tiempo (2007).
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