VERSIÓN PARA IMPRIMIR
Literatura, Baile
y Beisbol en el (último) fin de siglo cubano
Por
ROBERTO GONZÁLEZ
ECHEVARRÍA
El 27 de
diciembre de 1874, el
HABANA BASEBALL CLUB
hacía el
recorrido de poco más de cien kilómetros
por tren hasta Matanzas para enfrentarse al club local, en
lo
que la mitología nacional iba a monumentalizar como el
primer encuentro de béisbol entre equipos organizados
celebrado en Cuba. Es más, para la mayoría de los cubanos
hoy, el partido de béisbol celebrado ese domingo por la
tarde, en un terreno llamado Palmar del Junco, fue el primero
jamás jugado en la isla, sin antecedentes ni preparación
previa.1 Como el béisbol sería proclamado años más tarde deporte
nacional, honor que todavía goza a pesar de más de treinta años
de un régimen ferozmente antinorteamericano, se trata de un
componente problemático en la fabulación de la nacionalidad. El
juego es uno de nuestros mitos de fundación, más extendido que
muchos otros porque se trata de algo perteneciente a la cultura
popular.
Cuatro
años después, en la misma ciudad de Matanzas, se componía,
tocaba y bailaba, el primer danzón intitulado «Las Alturas de
Simpson», pieza inaugural de lo que, con el pasar del tiempo
vendría a identificarse como la música cubana. Su compositor fue
el mulato Miguel Faílde, que había fundado en 1871 una orquesta
que llevaba su nombre.2 En el danzón se encuentra la semilla de
la salsa, pero más que una semilla «Las Alturas de Simpson» era
ya un fruto maduro, producto de varias influencias: la francesa,
traída a Cuba por los colonos haitianos que llegaron huyéndole a
la revolución de Toussaint Louverture, la española y la
africana. Matanzas era también para esta época ya conocida como
«la Atenas de Cuba», por la abundancia de literatos, con sus
cenáculos, revistas y cafés. Deporte, baile y literatura se
aliaban así en un momento decisivo de la historia de Cuba para,
junto con el proceso político que había de llevar a la guerra de
independencia en 1895, terminar de dar forma a la nacionalidad.
No cabe
duda de que la literatura, la música y el béisbol son los
productos culturales cubanos de mayor prestigio y circulación
internacional desde entonces, y que son componentes
fundamentales –y fundacionales– de la mitología nacional.
Conviene, entonces, regresar a ese momento para observar cómo se
entremezclan esos factores en el agitado fin de siglo cubano,
cuando en efecto Cuba fue la última nación hispanoamericana en
alcanzar la independencia.
Como ha
detallado Manuel Moreno Fraginals en su hermosa y cabal obra
El ingenio,
los pasos decisivos en los inicios de la moderna historia de
Cuba fueron dados por Francisco de Arango y Parreño (1765-1837)
a fines del siglo xviii, es decir en el penúltimo fin de siglo.3
Ante el colapso de Haití como principal productor mundial de
azúcar, debido a la revolución de los esclavos, Arango y Parreño
tomó las medidas que habrían de poner a Cuba en ese puesto y
lanzarse a la loca carrera del azúcar, cuyos desmedros todavía
sufrimos en el actual fin de siglo. Las decisiones y gestiones
de Arango y Parreño, entre otros, llevaron a Cuba al mercado
internacional y a la modernidad; y también, por cierto, al
monocultivo, el latifundio, la dependencia y otros subproductos
indeseables. Para poder competir a nivel mundial en el feroz
mercado capitalista, la élite cubana, denominada felizmente por
Moreno Fraginals la «sacarocracia», moderniza la producción del
dulce, adquiriendo de Inglaterra maquinaria de vapor y
ferrocarriles, y participando en un intercambio financiero en el
que los Estados Unidos figura cada vez más prominentemente.
Los
sacarócratas cubanos se adelantan a la metrópoli y al resto de
su antiguo imperio no sólo en la adquisición de maquinarias y
ferrocarriles –para mediados de siglo la red cubana era la más
extensa de América Latina– sino también en el disfrute de los
últimos lujos y adelantos de la industria. Gozaron, por ejemplo,
del uso del primer
water closet
del mundo
hispánico, y se construyeron, en La Habana y a las afueras de la
capital, fastuosas mansiones, muchas en los mismos ingenios
azucareros que eran la fuente de su riqueza.
La región
de Matanzas, al este de La Habana, se convirtió en una zona
privilegiada para el cultivo del azúcar por su proximidad a la
capital, la feracidad de sus tierras, y por los tupidos bosques
que se talaban para obtener combustible y a la vez despejar
terrenos para la caña. A esto hay que añadir las ventajas de la
hermosa bahía de Matanzas como puerto, a lo que se suma la
existencia de ríos que no sólo fertilizan la región, sino que
además facilitan las comunicaciones al desembocar en ella. El
puerto de Matanzas se convirtió en escala importante en una red
de navegación que incluía los puertos norteamericanos de la
costa este de ese país (Baltimore, Nueva York, Boston) y los de
Golfo de México (Cayo Hueso, Tampa, Nueva Orleans), además de La
Habana.
Con el
auge de la industria azucarera en la región que abarca de La
Habana hasta Matanzas, y más allá Cárdenas, Sagua la Grande y
Caibarién, la cultura de esa zona de Cuba cambió marcadamente.
En primer lugar se empezaron a importar grandes cantidades de
esclavos para satisfacer las necesidades de una industria
siempre ávida de brazos. El área de Matanzas pronto se convirtió
en la de mayor densidad de negros del país, distinción que
siguió teniendo en el siglo xx. También acudieron a la ciudad
negros libertos y mulatos que se dedicaban a artesanías y
oficios menores, como el de sastre, pero pronto también se
destacaron como músicos. Si Matanzas llegó a ser la «Atenas de
Cuba», también se convirtió en la Roma o Jerusalén de las sectas
afrocubanas, así como en la Bayreuth de la emergente música
cubana. La ciudad todavía conserva la preeminencia en ambas
cosas.
Con la
apertura del comercio con Estados Unidos en 1817, y la creciente
presencia norteamericana en la industria azucarera, un número
considerable de norteamericanos tomaron residencia en el área de
Matanzas. Algunos eran dueños de plantaciones e ingenios, otros
se ganaban la vida como mecánicos o maquinistas, y en otras
profesiones, mientras que otros abrieron negocios de diversa
índole.4
¿Quién era el Simpson del título del danzón? Un americano
avecindado en Matanzas. Evidentemente el barrio Las Alturas de
Simpson surgió en lo que era o había sido su propiedad. Hacia la
década del setenta es probable que esa comunidad norteamericana
haya crecido. Lo que sí es sabido que aumentó fue la propiedad
cubana en manos de norteamericanos. Esto ocurrió como resultado
del fracaso de la Guerra de los Diez Años (1868- 1878), que
termina con la derrota de los cubanos y la llamada Paz del
Zanjón.
Muchas
familias criollas pudientes se arruinaron durante la guerra, no
sólo debido a los estragos de ésta, sino también a los inicios
de un declive en el precio del azúcar que habría de continuar
durante el fin de siglo. Como producto de las múltiples
bancarrotas, muchos ingenios y plantaciones pasaron a manos de
compañías y bancos norteamericanos a los que los cubanos debían
fuertes cantidades de dinero. La región matancera, a la que
apenas alcanzaron los rigores de la guerra (que se concentró más
en la región central, y sobre todo la oriental), sufrió una
transformación considerable. A esto hay que añadir un conocido
cambio en la historia económica de Cuba: la creación de
«centrales», enormes fábricas de azúcar que molían la caña de
otros (llamados colonos) que ya no podían procesarla en sus
propios ingenios, ahora anticuados e ineficientes. Los grandes
centrales concentraron el capital y la capacidad productiva y
pusieron bajo su control a los dueños de plantaciones, que
dependían de ellos para procesar su producto. No es difícil
imaginarse que todos estos norteamericanos, en frecuente
contacto con su país, donde el deporte evolucionaba y se
expandía rápidamente, jugaran al béisbol y le enseñaran el juego
a sus amigos y vecinos.5
En La
Habana el boom
azucarero
había traído como consecuencia la construcción de palacetes y
mansiones, la ampliación de avenidas y parques, y la expansión
de la ciudad más allá de la muralla que la había defendido, por
el oeste, de las incursiones de piratas y corsarios. Poco
después de mediados de siglo, alrededor de 1863, la muralla fue
demolida. Las zonas hacia el sur, suroeste y oeste de la ciudad,
de mayor elevación que el puerto, naturalmente, y por lo tanto
más frescas, se convirtieron en áreas de recreo para la
sacarocracia, con bellas quintas accesibles por nuevos caminos
de tierra y de hierro.
La Habana
se fue desplazando en esa dirección, absorbiendo poco a poco
esas zonas de asueto e incorporándolas a la red urbana. Pero el
casco de la ciudad misma también dedicó más y más espacio al
esparcimiento y recreo. El Paseo del Prado, que da al mar, se
convirtió en el lugar de convergencia de numerosos carruajes
descapotables en los que se exhibían los nuevos ricos en su
mejor indumentaria, así como de no pocos peatones que acudían a
presenciar el espectáculo y dedicarse a sus propias actividades
sociales. La vida teatral se enriqueció con la construcción o
renovación de varios teatros, como el Tacón, el Albisu y el
Irajoa, visitados por las mejores compañías europeas, inclusive
algunas francesas que representaban en su idioma obras de última
moda. La ópera y el teatro musical menor también gozaron de
mucho auge durante todo el siglo xix. Surgieron cafés y
restaurantes con nombres –El Louvre, Las Tullerías– que
revelaban hacia dónde miraban los cubanos cultos, y qué y a
quiénes querían imitar.
La Acera
del Louvre, es decir los portales del afamado café, era el
centro de reunión de literatos y de todos los entregados a los
placeres mundanos de la decadencia, entre ellos los jugadores y
fanáticos del béisbol. Muchos de estos jóvenes eran, además,
bailadores del danzón, baile cuya «lubricidad» había desatado
una agitada polémica en la prensa capitalina. El danzón, el
béisbol y la literatura compartían características propias del
fin de siglo que hicieron posible su alianza en el momento de la
independencia, y dejaron huella visible y duradera en la cultura
cubana.
La
primera de estas características comunes es el exotismo, que no
era solamente el gusto por lo extranjero, sobre todo lo francés,
sino por todo aquello que se apartara de lo español, que era
visto como retrasado y
demodé.
La predilección por lo francés en la literatura finisecular
latinoamericana es demasiado conocida para precisar mayor
elaboración aquí. En Cuba no sólo había los cafés mencionados,
sino que una de las revistas culturales más importantes –a la
cual habrá que regresar– fue
El Fígaro.
La compañías teatrales francesas, inclusive la de la célebre
Sarah Bernhardt, hacían escala en La Habana camino a Ciudad
México o a la Nueva Orleans. Quien lea las publicaciones cubanas
de la época no podrá dejar de notar que los intelectuales y
literatos cubanos del momento vivían atentos y
à la page
de lo que
ocurría en París. Los modelos de poetas como Julián del Casal,
no sólo en lo literario sino también en la manera misma de vivir
y conducirse, eran los poetas malditos franceses. Encastillado
en su buhardilla habanera de los altos de
El País,
o paseándose por parques, avenidas y terrazas de la capital
–neurasténico, alcohólico, homosexual y drogadicto– Casal
practicaba la decadencia a la francesa.6
El
danzón, como ya se dijo, era de origen afro-francés. Alejo
Carpentier, en su delicioso libro
La música en Cuba
relata
cómo la country dance
inglesa pasó a ser la
contredance
francesa,
y ésta la contradanza, la habanera, y por último el danzón. La
habanera, por supuesto, fue incorporada por Bizet en
Carmen,
por lo que el tráfico musical fue en ambas direcciones. En
Carmen
la
habanera le dio la vuelta al mundo, y fue tal vez la primera
música cubana de alcance internacional. La contradanza, desde
luego, también se conoció en España, y variantes suyas llegaron
hasta Buenos Aires, donde influyeron en los orígenes del tango.
Pero lo peculiar del danzón es que el componente africano es más
fuerte y que llegó a convertirse en baile de salón de la
sociedad cubana, compitiendo con las mazurkas, polkas y valses
de moda en el mundo entero. No cabe duda de que tanto en el
ritmo como en la letra, muchas veces sugestivo (como uno
intitulado «Negra, dame tu amor»), podía parecer escandaloso a
los mojigatos de entonces. Es cierto que en algunos locales,
como los altos del Louvre, se bailaban piezas más picantes,
algunas de un estilo al parecer vulgar llamado «arroz con
picadillo», y que había otros bailes denominados «empinar el
papalote» y «matar la culebra», que sí eran más explícitos en su
sexualidad. Y era notorio que al otro lado de la bahía de La
Habana, en Regla y Guanabacoa, centros de santería y cultura
africana hasta hoy, se tocaban piezas con títulos al parecer
procaces, como «Cochino», «Baja la pata», «Guabina» y «Oso».
Pero no el danzón. Visto desde este fin de siglo el danzón era
un baile decoroso, hasta casto, bailado por parejas enlazadas,
pero no se bailaba ni se baila apretado ni mucho menos. En el
danzón se pasó de los cuadros de la contradanza al baile por
parejas, pero se trataba de una música tan estilizada como la
poesía modernista, con pausas, golpes de abanico por parte de la
mujer, y un púdico abrazo a prudente distancia. Lo que sí había
era un provocativo mecerse de las caderas –sobre todo en la
parte final, que ya anunciaba sones y guarachas– y una serie de
fintas que tal vez recordaran la persecución ritual de la hembra
por el macho que representan algunos bailes africanos. Frente a
la pacatería peninsular de la última década del diecinueve, sin
embargo, el danzón era algo peligroso, exótico, decadente y
demasiado cubano. Se trataba, nada menos, que de la
incorporación abierta de lo africano a la vida social de las
clases acomodadas: una incipiente mulatización de la gente
pudiente.
Ahora
bien, el exotismo del danzón también se manifiesta en su
capacidad para incorporar lo extranjero en su propia contextura
melódica. Hoy nos sorprende oír, en medio de un danzón como «El
cadete constitucional», frases musicales tomadas de marchas de
John Philip Sousa. Pero esta tendencia, parecida por supuesto a
las alusiones a lo francés o a lo oriental en la poesía
modernista, es inherente al danzón desde sus comienzos. Zoila
Lapique Becali informa que, una de las asistentes al baile en
que se estrenó «Las Alturas de Simpson» escribió en Matanzas lo
siguiente: «Estos danzones a base de la melancólica música
africana, en artística mescolanza –gratísima al oído– nos
regalaban compases de populares trozos de ópera italiana, de
zarzuelas españolas, de operetas francesas, de canciones
cubanas, en singular cadencia y armonía.
7
Es significativo que el béisbol también se dejó influir por la
ópera italiana, ya que varios equipos cubanos de la época
adoptaron nombres de algunas de éstas como el
Boccacio
y
Fattinitza.
El culto a lo extranjero era algo generalizado, y se extendía,
desde luego, a la incorporación de vocablos de otros idiomas, lo
cual, tanto en la música como el béisbol, era prácticamente
inevitable.
La
sacarocracia cubana pronto se percató de que una educación
norteamericana era más útil para sus hijos que una europea,
sobre todo española, y comenzaron a mandar a sus hijos (pero a
veces también a sus hijas) a colegios y universidades «del
norte». Allí aprendieron a jugar béisbol estos jóvenes que, al
regresar a la isla, verían las costumbres españolas, comparadas
a las que los habían regido en Norteamérica, como especialmente
retrógradas, arbitrariamente restrictivas o simplemente
bárbaras. De éstas ninguna lo era más que las corridas de toros,
popularísimas entonces en La Habana, en cuya plaza hacían
temporada los toreros españoles más famosos, haciendo escala en
sus viajes a México.8
El
béisbol pronto se vio como el antídoto contra el primitivismo
peninsular. El juego arraigó en la capital y en el área de
Matanzas, sobre todo entre jóvenes de buena familia, pero
también se diseminó entre las clases populares, inclusive los
negros, que habían sido declarados libres con la abolición de la
esclavitud en 1886. A la popularidad del béisbol también
contribuyó no poco la llamada «emigración», es decir, el exilio
de numerosas familias cubanas a los Estados Unidos a raíz de la
Paz del Zanjón, en 1878. La comunidad cubana en puertos como
Cayo Hueso, Tampa y Jacksonville se hizo nutrida, como también
lo fue en Nueva York y zonas aledañas.
El
béisbol empieza a jugarse en Cuba, sin embargo, desde la década
del sesenta, y ya hay clubs organizados en la próxima década. El
primero fue el Habana
Baseball Club
que, como
vimos, viaja a Matanzas a fines de 1874 para retar (y derrotar)
al club de la «Atenas de Cuba». Para los ochenta ya hay cientos
de clubs por toda la isla, así como docenas de revistas y
periódicos dedicados al deporte. Sabemos hoy tanto sobre los
orígenes del béisbol en Cuba, por cierto, gracias a su estrecha
relación con la literatura, que ha preservado la huella de su
primitiva historia en revistas, crónicas, novelas y poemas.
La
revista literaria antes mencionada,
El Fígaro,
cuyo primer número es del 23 de julio de 1885, se proclama
«Semanario de Sport y de Literatura. Órgano del Base-ball».
Manuel Serafín Pichardo fue uno de los fundadores de
El Fígaro
y su
principal animador. La revista contiene crónicas de juegos,
artículos sobre jugadores prominentes, así como chismografía
literaria, musical y social, y publican en ella algunos de los
escritores más conocidos del momento, como el poeta Julián del
Casal. La primera historia del juego en Cuba, publicada en 1889,
fue escrita por el novelista Wenceslao Gálvez y Delmonte,
campocorto del
Almendares Baseball Club,
y hoy miembro del Hall de la Fama del Baseball Cubano. Gálvez,
amigo de Casal, publicó una soporífica novela con el prometedor
y decadente título de
Nicotina,
y una colección de ensayos, crónicas y cuadros de costumbres,
Esto, lo otro y lo de
más allá (mosaico literario),
en la que demuestra estar muy al día en literatura europea,
española e hispanoamericana.
El
béisbol era para estos literatos una actividad exótica y
decadente, totalmente opuesta a la mojigatería hispánica y a su
salvajismo taurino, por eso se le ve en principio como algo
compatible con la nueva literatura y con el independentismo. Su
relación con la música la veremos enseguida.
 |
El libro
de Gálvez, titulado El
baseball en Cuba. Historia del Base-Ball en la Isla de Cuba,
puede que sea la primera historia de ese deporte jamás escrita.9
Es
digno de
ponderación que, ya para 1889, pueda hablarse de una
historia
del
béisbol cubano, cuando el deporte apenas contaba con tres
décadas de práctica
organizada en su propio país de origen. A petición de Gálvez el
prólogo de El Base-Ball
en Cuba
fue
escrito por el médico Benjamín de Céspedes, que hace
un
análisis brillante y jocoso del juego, destacando sus beneficios
terapéuticos
para la
salud física y moral. Darwinista, descreído y algo cínico, como
el propio
Gálvez,
este médico está a favor de la medicina y del deporte para
aumentar
el
deleite físico. La práctica del béisbol robustece al individuo,
y hasta
aumenta
su potencia sexual, sostiene, influído por la ideología sobre la
cultura
física en
boga entonces en los Estados Unidos y Europa. El Dr. de Céspedes
contrasta la pujante salud de los jóvenes jugadores de béisbol
con la de
muchos de
sus pacientes, dedicados a actividades sedentarias, que pronto
los
conducen
a una flaccidez endémica. La relación del deporte con la
medicina
no es
casual, es parte del culto decadente a lo inútil y frívolo; la
salud debe
cultivarse para el placer, no para el trabajo útil y productivo.
El decadentismo
incluye
una fuerte preocupación por el físico que se manifiesta en los
opuestos
correlativos del neurasténico y enfermizo poeta que se regodea
en sus
dolencias, y el atleta que vive atento a la fortaleza, agilidad
y garbo de su cuerpo.
De un
lado Casal y del otro su amigo Gálvez. Éste último también
ensalza la capacidad terapéutica del deporte, así como su fuerza
civilizadora, y traza la historia de los diversos clubs del área
capitalina y de las provincias. El propio Casal, en nota
elogiosa del libro, escrito por «uno de mis mejores amigos»,
dice, destaca el optimismo y vigor que éste rezuma: «Nada más
raro, en nuestros tiempos, que la aparición de un libro
sencillo, empapado de sana alegría y escrito al correr de la
pluma cuyas páginas sirven para desarrugar los ceños más
adustos, entreabrir los labios más serios y disipar las brumas
melancólicas que difunden en el espíritu las miserias de la
vida, ya se contemplen en su asquerosa desnudez, ya al través de
las hojas de los modernos libros pesimistas.10
Un par de
años antes otro escritor importante, nada menos que el filósofo
Enrique José Varona, había dedicado un artículo al béisbol en
que destacaba el provecho moral del juego, si lograba enseñar a
los cubanos a competir, y sobre todo a perder, de forma
civilizada.11
El juego se había convertido en una actividad social de
importancia considerable porque no consistía simplemente en
partidos entre equipos organizados, sino que éstos representaban
clubs sociales en los que se desarrollaban varias otras
actividades, según se verá.
Es
curioso que, si bien la presencia norteamericana pronto se
convirtió en amenaza para la nacionalidad cubana, a fines de
siglo lo norteamericano representaba algo opuesto al caduco
poderío español. Es por esto que el béisbol se incorpora a la
ideología antiespañola y patriótica que conduce a la
independencia. En la práctica, hubo equipos de béisbol en Cayo
Hueso, por ejemplo, que donaban las recaudaciones de sus juegos
a la causa revolucionaria. Fue entre los tabaqueros de Tampa y
Cayo Hueso que Martí promovió y organizó la guerra libertadora.
Muchos de esos tabaqueros jugaban al béisbol, y el hijo de uno
de los amigos de Martí, Alejandro Pompez, llegó a ser uno de los
magnates más importantes del béisbol de color en los Estados
Unidos. Cuando estalló la guerra un número considerable de
jugadores de béisbol se sumó a las tropas insurrectas, y uno de
ellos, el célebre Emilio Sabourín, fue detenido por conspirar
contra el régimen colonial y enviado a la temida prisión de
Ceuta, donde murió, mártir de la independencia.
Como el
danzón, el béisbol contenía una carga erótica considerable, y
como el baile –y aliado a él– facilita el encuentro de jóvenes
que llegarán a constituir parejas, convirtiéndose así en una
especie de rito prenupcial. Los primeros uniformes de béisbol,
si se ven en el contexto de la ropa tan conservadora de la
época, eran provocativos en extremo. Sorprende observar, en las
fotografías de la Cuba de entonces, cómo la mayoría de los
habaneros vestía de frac y sombrero negros a pesar de la
asfixiante canícula antillana. Los peloteros, sin embargo,
llevaban pantalones bombachos, en su mayoría blancos y muy
ceñidos al cuerpo, medias largas de colores, camisa holgada con
pechera en la que, en letras góticas casi siempre, aparecían las
iniciales o emblemas del club, pañuelo de seda del color
apropiado, y gorra. Era una indumentaria que destacaba el
contorno físico del jugador, y adornaba su cuerpo. Así vestidos,
los peloteros salían al terreno blandiendo potentes estacas,
llamadas bates, cuyo simbolismo no es necesario subrayar.12
Una vez en el terreno, estos muchachones, ante un público a
veces nutrido de jóvenes del sexo opuesto, se dedicaban a hacer
proezas físicas que ponían de manifiesto su agilidad, fuerza y
buena constitución. A lo que las jóvenes respondían otorgando
«moñas» (hechas de cintas de colores) a aquéllos que hacían
buenas jugadas. Este intercambio era parte, evidentemente, de un
rito simbólico que conducía a mayores dentro o fuera de los
canales prescritos por la sociedad.
No cuesta
trabajo ver en los primitivos uniformes de béisbol el cariz
modernista, sobre todo en las letras góticas que ostentaban las
pecheras de las camisas, en los pantalones bombachos y en las
medias de colores. Y es que el béisbol es un deporte que, por su
exquisito esteticismo, es de raigambre netamente modernista; hay
que ver en los peloteros la contrapartida de las varias
bailarinas descritas con sensual dinamismo en poemas de Casal y
del propio Martí.13
No existe en el béisbol el burdo simbolismo bélico del fútbol o
del baloncesto, donde se trata sobre todo de la conquista de
territorio para anotar goles o puntos y derrotar al contrario.
El béisbol es más oblicuo y metafórico. Los corredores describen
círculos alrededor de un cuadrado para anotar carreras, evitando
ser tocados por la bola en manos del contrario (el béisbol puede
que sea el único juego en que la bola la tiene la defensiva).
Impulsada por el bate la pelota puede describir enormes
parábolas, o rodar hasta ser capturada por un jugador que la
lanza a otro, de su mismo equipo, que está a gran distancia,
para poner fuera a un corredor de la manera más simbólica
posible, a veces sin necesidad siquiera de tocarlo. Son todas
relaciones indirectas, basadas en reglas de una sutileza y
arbitrariedad que hace poco menos que imposible explicarle el
juego a quien no se haya criado jugándolo u observándolo. El
atractivo que el béisbol tenía para los jóvenes literatos y
patriotas cubanos radicaba sin duda en estas características del
juego en sí, que se asemejaban a los de la poesía modernista,
por su elegante estilización, inherente esteticismo y cultivado
artificio.
Pero el
atractivo del béisbol consistía sobre todo en que aglutinaba en
sus ritos dominicales otras formas de expresión, especialmente
el baile. Desde sus comienzos en los Estados Unidos los clubs de
béisbol auspiciaban actividades diversas, algunas, pero no
todas, parte de un juego contra otro club. Cada club contaba con
varios equipos, escalonados por niveles de destreza. El primer
team
era el
que se enfrentaba a los demás clubs, pero se celebraban muchos
juegos en el seno mismo de cada club. Estos desafíos, y los
realizados contra otros clubs, incluían grandes cenas después
del partido, con brindis extravagantes, discursos laudatorios,
declamación de textos literarios propios o ajenos, etc. En Cuba,
a la costumbre de las cenas se sumó la del baile. Cada partido
de béisbol culminaba con una fastuosa cena y baile, para los que
se contrataban orquestas que tocaban sobre todo danzones.
Filósofo al fin, Varona prefería el deporte al baile, y escribió
en el artículo citado una frase tan lapidaria como ineficaz
contra el impulso que los unía a ambos: «Nuestro progreso será
cierto, indiscutible, el día en que entre nosotros el buen
sportman haya destronado al buen bailador» (pág. 87).
Hacia
fines de siglo la más célebre de las orquestas contratadas para
rematar juegos de béisbol era la de Raimundo Valenzuela, otro
famoso y cotizado mulato matancero que llevó el danzón a su más
acabada forma. En publicaciones de la época a veces se dice,
utilizando la terminología beisbolera, que el baile sería
amenizado por «el primer
team
de
Raimundo Valenzuela». Era en estos bailes, creo que podemos
suponer sin mucho riesgo, que el rito prenupcial se hacía cada
vez menos ritual y más cabal. El intercambio de jóvenes devenía
un hecho públicamente consumado. Lo que empezaba en los
escarceos propiciados por el juego, y más tarde por los tanteos
de la literatura (poemas escritos en álbums, intercambio de
textos de poetas favoritos, recitales), cobraba un carácter más
palpable en los intoxicantes bamboleos del danzón, donde la
distribución por parejas se hacía visible a todos, como
confirmándose el hecho. El 29 de octubre de 1885,
El Fígaro
informa
que después de un juego de béisbol se bailó mucho, porque «allí
estaban muchas Evas, muchos Adanes y Valenzuela de serpiente» (pág.
7). Si hago hincapié en este aspecto distributivo del béisbol,
aliado al baile, es porque pienso que su temprano arraigo en la
cultura cubana tiene mucho que ver con esa función de encauzar
el deseo erótico por vías sociales mediante el complejo rito
dominical del juego y actividades anexas. La sociedad cubana se
reproducía, en cierta medida, gracias a ese rito, que formaba
parte del asueto colectivo organizado en áreas de las ciudades,
sobre todo La Habana, destinadas especialmente a ese fin.
La
glorieta era el espacio por excelencia donde las actividades
mencionadas se llevaban a cabo. Los clubs más importantes de
béisbol, el Habana
B.B.C.
y el Almendares B.B.C.
en
especial, contaban con terrenos propios. Estos terrenos se
construyeron en las áreas de La Habana antes mencionadas: zonas
rurales invadidas por la «sacarocracia» para convertirlas en
quintas de veraneo. Es decir, campos que antes eran o
productivos o baldíos, transformados en jardines para el recreo,
en mansiones para el descanso, o en cotos de caza para la
práctica de ese deporte. El
Almendares B.B.C.
construyó
el suyo en el barrio del Cerro o Tulipán, al suroeste de la
ciudad, accesible por la Avenida de Carlos III, uno de los
caminos por los que La Habana rebasó el perímetro de la antigua
muralla. Ese primitivo terreno se convirtió más tarde en el
célebre Almendares Park, que duró (con una reconstrucción) hasta
los años veinte de este siglo. El
Habana B.B.C.
construyó
su terreno en la zona del Vedado, al oeste de la ciudad.
Al
desplazarse hacia esas zonas a las afueras de La Habana los
jóvenes peloteros no se arrojaban a la naturaleza bravía (al
«rudo manigual», para recordar a Ernesto Lecuona) ni mucho
menos, sino a un campo desmochado, podado y acicalado por lo
aperos del jardinero, balizado según los planos de arquitectos
del recreo y agrimensores del placer. El campo de béisbol mismo
refleja el carácter mixto de esa zona intermedia que es el
faubourg,
o faux bourg,
ciudad falsa, como ha estudiado magistralmente John M. Merriman.14
Si bien hay yerba, se trata de un césped bien podado que
recuerda los orígenes ingleses del juego; praderas aptas para el
béisbol no se dan de forma natural en la manigua tropical
cubana, a la que hay que someter con rigurosas labores para
convertirla en «diamante» de béisbol. Como bien indica el
vocablo diamante que se usa para designar la cancha beisbolera,
se trata de una precisa geometría, una especie de mandala
enigmática en que un círculo rodea un cuadrado, que a su vez
contiene otro círculo (el del lanzador, antes en forma de
rectángulo). Las rayas de
foul
delimitan
la zona de juego de la otra, inculta, donde la bola está fuera
de juego, penalizándose al jugador que la haga llegar allí con
un golpe del bate. La bola que «pica» dentro del terreno es
«buena», la que cae fuera es «mala», en la jerga beisbolera
cubana. La glorieta se erigía de manera que, desde ella, los
espectadores, y sobre todo las espectadoras, pudieran ver y
admirar a los jugadores en acción, protegidas del implacable sol
del trópico.
Al igual
que el terreno mismo de béisbol, la glorieta era un espacio
intermedio
entre la
ciudad y el campo, entre la naturaleza y el arte. La palabra
«glorieta», según Corominas, existe en español desde el siglo
xii, proveniente
del
francés.15 Lo de glorieta es porque se
trataba originalmente de un cenador
donde,
entregado a la comida y otros placeres afines, se podía estar
como
«en la
gloria». La glorieta es un edificio independiente, aislado,
dedicado únicamente
al
placer, no a las necesidades de la vida; siempre forma parte de
un
jardín,
no de un espacio doméstico o urbano. Esa autonomía, que
concuerda
con el
esteticismo de la poesía modernista y su inclinación decadente,
contrasta
con su
apertura al exterior, como si negara su separación de éste en el
mismo
momento en que la marca. Las paredes de la glorieta son
enrejados o
celosías
que permiten la entrada de la brisa, aspecto imprescindible en
el
bochorno
insular, así como los olores del campo y los sonidos del juego.
Desde
la
glorieta las espectadoras podían ver el juego casi a la
intemperie, en un
recinto
con paredes falsas. En varios mástiles del techo flameaban los
banderines
y
gallardetes del club, o de los varios clubs. De lejos, la
glorieta parecía un
vapor a
rueda orlado de alegres banderines, de más cerca un hipódromo, y
en
efecto,
algunos (el de Almendares, por ejemplo), también se utilizaban
para
carreras
de caballos y otros deportes hípicos. Después del juego la
glorieta
retornaba
a su origen como cenador, para más tarde transformarse en salón
de
baile.
Una función intermedia, que correspondía a veces a teatros, y
otras a
salones
urbanos arrendados para ese fin, era la de servir de sede para
veladas
literarias en las que poetas y oradores hacían alarde de sus
dotes y competían
de manera
similar a los jugadores de béisbol. A veces eran los mismos.
Hacia
fines de
siglo las glorietas empezaron a ser alumbradas con luz
eléctrica, lo
cual
permitía convertir la noche en un día artificial, un largo día
de recreo,
amor y
placer al que la naturaleza no podía imponer límites.
La
literatura, el béisbol y el baile se refuerzan mutuamente como
componentes de la nacionalidad en ciernes. En su base los une la
sociabilidad de estas actividades, su carácter aglutinador y
distribuidor de jóvenes, la canalización del deseo mediante la
estilización estética. También los une el rechazo unánime de lo
español, el ansia de ser distinto de la metrópoli, sobre todo
más moderno y democrático. Gálvez y otros hacen énfasis en este
último aspecto del béisbol, que le permitía a jóvenes de origen
modesto subir en la escala social, y codearse con gente de las
clases más elevadas. El béisbol se veía, al igual que todo lo
norteamericano, como desprovisto de ínfulas aristocratizantes, y
como agente nivelador de las clases sociales. Bailar el danzón,
gustar de una literatura estetizante y erótica, practicar el
béisbol eran todas actividades modernas y contrarias al espíritu
del régimen colonial. Era precisamente por su carácter
extranjero que se los incorporó a lo nacional, y,
paradójicamente se convirtieron –transformados– en componente
esencial de éste. La artificialidad inherente y manifiesta de
todas estas actividades destaca su carácter modernista, no sólo
moderno. Lo modernista, precisamente por su extravagante
artificialidad, constituía una crítica del
statu quo,
como propone Cathy L. Jrade; lo natural era lo dado, lo
recibido, lo español, mientras que lo cubano era lo artístico,
elaborado, distinto e inconforme.16
O, como ha escrito Jorge Olivares sobre el decadentismo: «El
culto a lo artificial es un escape y a la vez un reto a las
normas establecidas y por ello el deseo de ir
à rebours
se
convierte en ley inviolable para estos escritores.»17
La nacionalidad cubana es, pues, en su origen, modernista,
mientras que la del resto de hispanoamérica había sido
romántica. Lo cubano es en principio algo construído, fabricado
con elementos que son deliberadamente foráneos, y que sirven
como sublimación del deseo. Gustavo Pérez Firmat diría que lo
cubano es siempre producto de la traducción.18
Por eso el béisbol, el baile y la literatura siguen siendo
esenciales, a veces en contra de otras expresiones de la
nacionalidad que pretenden soslayarlas.
Pero, más
allá de Cuba y su último fin de siglo, lo notable en el proceso
mediante el cual el baile, el béisbol y la literatura se
confabulan en la formación de la nacionalidad es el hecho de que
los dos primeros son actividades físicas y esencialmente
lúdicas. Creo que el caso cubano puede servir de lección para el
estudio de la emergencia de las modernas nacionalidades, que se
piensan casi siempre en base a actividades políticas e
intelectuales, ignorándose otras de carácter más material o
físico, como los juegos, los rituales colectivos, los bailes, y
hasta la cocina. Todas estas actividades también constituyen
discursos aptos para ser analizados junto con la literatura,
mediante una especie de antropología que probablemente no
sabremos postular, sin embargo, sino a base de la literatura
misma, que los contiene a todos.

Imagen enmarcada del Habana Base
Ball Club conmemorando la obtención del campeonato 1886-87. En
imagenes ovaladas aparecen los peloteros, mientras los
directivos aparecen en la fotografía al centro, orgullosos,
posando junto al banderín de seda que era el premio a los
campeones. La imagen central está en blanco y negro, pero el
banderín ha sido pintado a mano con los vivos en color rojo,
característicos del Habana. (Imagen y pie de foto agregados por
César González Gómez)
NOTAS
*
Capítulo de un libro en proceso sobre la historia del béisbol en
Cuba.
1
El terreno se llamaba Palmar
de
Junco, es decir, que el terreno pertenecía a un tal Junco (la
familia Junco se había establecido primero en San Agustín,
Florida, y luego mudado a Matanzas). Pero, como «del Junco» es
más evocativo, el famoso terreno se ha conocido siempre por
«Palmar del Junco». Dado que en la emblemática nacional la palma
real es un elemento fundamental, es fácil ver por qué el nombre
del terreno está lleno de resonancias patrióticas («Yo soy un
hombre sincero / de donde crece la palma.» diría José Martí).
Según testimonios de la época de ese juego inaugural no había
palmas en el Palmar de Junco, sin embargo. Lo que sí parece
cierto es que el juego en el famoso Palmar es el primero del que
se escribió una crónica. Ésta, escrita por el literato Enrique
Fontanils (quien se firma
Henry),
apareció en
El Artista,
un periódico satírico-teatral de La Habana, el 31 de diciembre
de 1874.
2
Alejo Carpentier sostiene que la pieza fue una de cuatro
compuestas por Faílde en 1877. Helio Orovio, sin embargo, dice
que «Las Alturas de Simpson» se estrenó en 1879. Ver: Alejo
Carpentier,
La música
en Cuba
(México: Fondo de Cultura Económica, 1972 -primera edición
1946), pág. 237, y Helio Orovio,
Diccionario de la música cubana. Biográfico y técnico
(La Habana: Editorial Letras Cubanas, 1992 –primera edición
1981), pág. 161. Zoila Lapique Becali escribe: «El 1º de enero
de 1879, y en la ciudad de Matanzas, se produciría un hecho
importantísimo para la música cubana. Un músico del lugar,
Miguelito Faílde, con su popular orquesta de baile, estrenaba en
los salones del Club Matanzas -más tarde local del Liceo– su
danzón
Las
alturas de Simpson»,
Música colonial
cubana, Tomo I (1812-1902)
(La Habana: Editorial Letras Cubanas, 1979), págs. 46-47.
3
Manuel Moreno Fraginals:
El
ingenio: complejo económico social cubano del azúcar
(La Habana: Editorial Ciencias Sociales, 1978), vol. I, pág. 47.
4
Ver el detallado libro de Laird W. Bergard,
Cuban Rural Society in the Nineteenth Century. The
Social and Economic History of Monoculture in Matanzas
(Princeton: Princeton University Press, 1990).
5
La mejor historia del béisbol es la de Harold Seymour,
Baseball.
The Early Years
(Nueva York:
Oxford University Press, 1960).
6
Ver Oscar Montero, «Translating Decadence: Julian del Casal’s
Reading of Huysmans and Moreau»,
Revista de
Estudios Hispánicos 26
(1992), págs. 369-389, y Jorge Olivares, «La recepción del
decadentismo en Hispanoamérica»,
Hispanic
Review 48
(1980), págs. 57-76.
7
Música
colonial cubana,
pág. 47.
8
El toreo fue suprimido por decreto del gobernador militar
Leonard Wood en 1900, durante la intervención que siguió a la
Guerra Hispanoamericana, y quedó totalmente borrado del panorama
deportivo cubano. Hoy nadie recuerda que La Habana tenía una
concurrida plaza ni se interesa por los toros.
9
Wenceslao (Wen) Gálvez y Delmonte,
El base-ball
en Cuba. Historia del base-ball en la Isla de Cuba, sin retratos
de los principales jugadores y personas más caracterizadas –en
el juego citado, ni de ninguna otra–
(La Habana: Imprenta Mercantil de los Herederos de Santiago S.
Speneer, 1889). Poco
he podido descubrir sobre Gálvez, excepto que nació en Matanzas,
estudió derecho en la Universidad
de La Habana, y pasó varios años en Tampa, Florida. Su hermano
José María (1835-1906)
fue jurista de fama en el siglo xix, y colaboró con Carlos
Manuel de Céspedes en la causa independentista.
También fue jugador de béisbol, pero para los ochenta, jubilado
del juego activo, se
convirtió en árbitro (umpire) respetado y solicitado.
10
Julián del Casal, «El Base Ball en Cuba»,
La
Discusión,
noviembre 28 de 1889. Cito por la versión recogida en Julián del
Casal,
Prosas.
Tomo II
(La Habana: Consejo Nacional de Cultura, 1963), pág. 11.
11
Enrique José Varona, «El base ball en La Habana»,
Revista
Cubana,
tomo 4 (1887), págs. 84-88.
12
El malvado Gálvez no puede contenerse y llega a escribir: «Y
para terminar, ¿no es muy varonil eso del
bat
y las pelotas?» (pág. 23).
13
Pienso en «La bailarina española» de Martí, y en la «Salomé», de
Casal. De Casal utilizo la reciente edición de Esperanza
Figueroa,
Julián del
Casal. Poesías completas y pequeños poemas en prosa en orden
cronológico
(Miami: Ediciones Universal, 1993).
14
John M. Merriman,
The Margins of City Life. Explorations of the French Urban
Frontier, 1815-1851
(Nueva York: Oxford University Press, 1991).
15
Joan Corominas,
Breve
diccionario etimológico de la lengua castellana,
tercera edición (Madrid: Gredos, 1987).
16
Cathy L. Jrade, «Modernism, Modernity, and the Development of
Spanish American Literature»,
de próxima aparición.
17
«La recepción del decadentismo en Hispanoamérica»,
op. cit.
pág. 59.
18
Gustavo Pérez Firmat,
The Cuban Condition. Translation and Identity in Modern Cuban
Literature
(Cambridge: Cambridge University Press, 1989).
Agradezco al Dr. Roberto González Echevarría su gentil
autorización para publicar este ensayo.
 |
Roberto González Echevarría nació en el año 1943, en
Sagua la Grande,
Cuba.
Es Profesor Sterling en Literatura Hispánica y Comparativa
por la Universidad de Yale, que es el grado académico más
alto que otorga dicha institución a quienes considera los
mejores catedráticos de cada campo. González Echevarría es
autor y editor de más de diez
libros
sobre
literatura
española e hispanoamericana. En 1999 escribió "The Pride
of Havana: A History of Cuban Baseball" que le valió el
premio "Dave Moore Award" que otorga la revista Elysian
Fields Quarterly al "más importante libro de beisbol del
año". En 2004 publicó el libro "La Gloria de Cuba:
Historia del Beisbol en la Isla." |
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