VERSIÓN PARA IMPRIMIR
Un libro para volver a leer
Por
JUAN ANTONIO
MARTÍNEZ DE OSABA Y GOENAGA
Reseña del libro Historia del
béisbol en Yucatán y Campeche entre los años 1892-1905
En diciembre de 2006 llegó a
mis manos un libro que esperaba con mucha ansiedad, pues su
autor y amigo Carlos R.
Castillo Barrio me lo anunció desde
hacía algún tiempo y por esas cosas de los correos, no acababa
de llegar. Por esos días andaba yo enfrascado en cerrar un texto
que tiene en su centro el béisbol y estaba sumamente atareado,
como sucede siempre en esos casos donde los hombres parimos
cultura. Pero no fue óbice para que me detuviera en el de
Carlos y no lo soltara más hasta
darle fin, porque es atrapador, lleno de sortilegios que el
autor con maestría va sorteando y, por arte de conocimientos y
amor al béisbol, logra sacar airoso, a pesar de la carga
estadística que posee, única forma de demostrar lo que tanto
trabajo le llevó durante casi tres quinquenios.
Al amigo
Carlos lo conocí por la pelota, ese
deporte que, entre otras cosas, tiene la virtud de hacer
amistades y quebrar colapsos enquistados de mucho tiempo hasta
entre vecinos irreconciliables. Así que su llegada a nuestras
vidas, que venía de un pueblo hermano, nos condujo por el buen
derrotero de la amistad. Es que el deporte todo, y la pelota en
especial, tiene esa carga humana imprescindible para entablar
puentes directos, a pesar de idiosincrasias disímiles.
Cuando usted se adentra en
Historia del béisbol en Yucatán y Campeche entre los años
1892-1905, se encuentra ante un mundo fascinante, donde el
autor demuestra que fue por allí por donde comenzó el andar
beisbolero mexicano, y no por otras zonas costeras y fronterizas
con sus creadores, como pudiera parecer a cualquiera que no esté
cercano a tal fenómeno. Así son las cosas, en Cuba donde primero
se jugó, oficialmente a la pelota, fue en Matanzas, no en La
Habana, y así sucede en cualquier lugar. Claro que los primeros
pininos beisboleros fueron por la capital, pero allí quedó para
la historia el acontecimiento, en el histórico Palmar de Junco.
Tuvo a bien y felicitamos
a la Universidad Autónoma de Yucatán, el haber publicado este
imprescindible libro que nos lleva de la mano en una época
olvidada para muchos, pero que quienes la escribieron con
sangre, sudor y lágrimas, también sintieron desde muy hondo el
calar profundo del béisbol. La gente iba a verlos, los seguían,
y ellos, en aquel parto beisbolero, se entregaban como puede
hacerlo hoy cualquiera de sus practicantes, quizás con más amor
y honor, porque solo percibían un camino incierto, aunque
decoroso.
Y es en ese tópico donde
veo arte mayor en Carlos
Castillo, porque con su libro ha
sabido apreciar lo que hombres que ya no están con nosotros,
hicieron por su terruño, con el único consuelo de entretener y
entretenerse en ese quehacer lúdico, condición indispensable
para el fenómeno deporte. Porque en aquel andar incierto de los
muchachos Álvaro Sánchez y Francisco Heredia, quizás la primera
batería mexicana, hay asunto para el análisis. Francisco
seguramente no le pidió sliders, tenedores, screw
balls, bola de nudillos o sinkers, al pitcher
Álvaro, no podía hacerlo, no era esta época, pero entre rectas y
alguna que otra casi inapreciable curva, más “bomba” que otra
cosa, estuvo su lucidez. Algunos batearon mejor, otros se
poncharon cuando pidieron algún lanzamiento que se viró contra
ellos, pero todos acudieron a fundar, y en la fundación está la
madre, esa criatura predilecta y privilegiada que todo lo da a
cambio de nada, para después recibir la gran recompensa del
amor.
Como buen historiador y
acucioso investigador, Carlos va
directo al asunto y no se anda por las ramas tratando de
explicar lo que muchos ya hemos desbrozado, bien o mal, pero
atendido por cientos, que es la verdadera paternidad del
béisbol, que si Doubleday o Cartwright. Ese asunto queda para
otros, lo de él es su tierra, la que ama profundamente y no
puede desligarse de ella ni en conversaciones efímeras, porque
anda por los caminos del mundo enraizando los logros yucatecos,
sin enfatizar en los yerros, como buen padre amoroso y
distinguido.
En ese imprescindible
libro, donde todos debemos beber más de una vez,
Carlos Castillo
da fe de una búsqueda incansable en los archivos casi
extinguidos y que él rescata para la eternidad. Quien busque
testimonios, memoria actualizada, criterios avezados que a veces
no lo son, o cualquier lúcido o deslucido aporte ocasional, no
lo encontrará, porque el autor es fiel a su andar científico, y
digo ciencia, porque, ¿que otra cosa es
Carlos?, a mi juicio es un científico de la gorra a los
spikes, porque sabe andar en la esencia del fenómeno y
salir airoso. Otros se quedan en la superficie donde él llega y
rastrea hasta el último aliento. Por eso confluyen en él varios
factores difíciles de conjugar: periodismo, ciencia, literatura
y arte del bueno. ¿Qué más se le puede pedir a quien ha echado
todo un almanaque a sus espaldas tras las huellas del béisbol de
su tierra? Solo los golosos, y él, como buen cristiano, los
complacerá, porque no alcanza para todos sus proyectos.
Hace poco los cubanos
perdimos a Severo Nieto, un avezado investigador del mundo de
las bolas y los strikes, que publicó varios libros y en
todos dejó la huella de quien no se cansó de hurgar. Se me
antoja comparar a Carlos con Severo,
pues ambos nos han dejado para la posteridad una obra que les
trasciende. En el caso del mexicano, su mejor aporte es servir
de base para futuras producciones literario deportivas. Los
jóvenes deberán ver en Carlos a un
padre que no escatimó momento alguno de sus luminosos días para
dejar en letras doradas una etapa trascendental del béisbol
yucateco y mexicano. Pero queda muchísimo campo por andar, hay
que seguir tras esos pasos para actualizar la verdadera
historia.
Es que, para mal de muchos
y ventaja de pocos, falta por escribirse la historia real del
béisbol de aquí, de los cubanos, y de allá, de los mexicanos, y
de los norteamericanos, porque los textos que frecuentemente
aparecen, no llevan la necesaria carga que brota del corazón de
quien escribe. Usted se llena de datos, de virtudes
grandilocuentes de aquellos que pueden llenar los bolsillos de
los escritores, con “elegidos” a lo Sammy Sosa o Barry Bonds,
pero de los humildes jugadores que alguna vez dejaron parte de
sus vidas en un terreno de mala muerte, con la única recompensa
de un beso lejano de la novia o la desidia de algunos, aparecen
menos datos, y es donde más deberían detenerse, porque son los
verdaderos héroes anónimos, aquellos que dejaron su vida con
pasión en el terreno y abonaron el camino que hoy tenemos.
Y es en esa conjunción
armoniosa de búsqueda, aciertos, acto de creación y proyección
futurista, donde vemos asunto para la epopeya que bien nos
desbroza Carlos R.
Castillo Barrio, con esa carga
humanitaria y de buen corazón que pone por delante su voluntad y
hasta la vida, para hacernos más felices con su Historia del
béisbol en Yucatán y Campeche entre los años 1892-1905.
Enhorabuena amigo
Carlos, perdona la demora de estas
minutas, pero quería beberme más de una vez tu libro y ahora
pudo ser. De ti se nutrirán las nuevas generaciones, porque eres
un fundador, y los fundadores quedan inmortales en la historia.
Bendito Dios mexicano que supo aportar hombres como
Carlos Castillo.
Si a este humilde hacedor de letras pinareño le llegaste tan
hondo, así habrás penetrado en los corazones yucatecos.
Fue un trabajo para uds.,
del profesor Juan Antonio Martínez de Osaba y Goenaga.
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